Se devoran entre sí, devoran, devoran sin alimentarse. Se esconden bajo un escudo invisible de normalidad. Se dejan crecer el odio, se dejan crecer el aburrimiento a la altura de su alma.
Caminan, nunca saben hacia dónde, pero caminan. Se absorven dentro de su misma piedad, y el único placer es el alivio de ocho horas con los ojos cerrados, donde el mundo es distinto.
Siempre sale el sol, pero ellos no entienden que cada vez que aparece, simboliza una nueva oportunidad para amar, no, ellos se visten de colores pálidos para sus pálidas ocupaciones. Debatiendo siempre la mejor forma para seguir en su parálisis espiritual. Consumen, consumen mucho, se consumen. Se ahogan en papeleos y relojes que nunca dan las once. Y si pasa un angel, ellos lo encierran ocho horas por día a aprender lecciones de un pasado innecesario, de una naturaleza muy lejana, de fechas y nombres de sangre que corrieron, de angustias y demás pelotudeces. Le dicen lo que creeen que es y lo que "debe" de ser. Lo hacen creer parte de ellos, lo distraen en mentiras de alta peligrosidad: "Sos malo, angelito malo", "esta vida es de sufrimiento y sólo si sufrís, podés volver al cielo", "sos un pecador", "dejá de soñar, no sos nada más que carne, huesos y un cerebro".
El pobre angelito baja la guardia y en su desgaste se cree sin sentido. Buscará mil formas para escapar a ese destino abnegado. Pasa años buscando algo que lo haga sonreir, hasta que, cansado y con la suficiente edad, opta por huir.
Con el tiempo, el angel se olvida que es un angel y toma la pobre condición de robot, entregándose en cuerpo, mente y alma al inconsciente colectivo que claramente, no es manejado por Dios...
Pero cruzando la vereda, estamos los que amamos, los que nunca dejamos de soñar por más que pasaron los años, los que nunca, nunca nos olvidamos esa indudable naturaleza angelical.
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